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Comentarios(1)
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La casa de mi tía Eufrasia. Entrabas ahí a regañadientes bajo la promesa de un caramelo o un par de duros y acababas huyendo a hurtadillas entre las patas de la mesa para que ninguna vieja más te agarrase los mofletes. Eso eran emociones fuertes, lo demás moderneces
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